El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Os casaréis mañana!

—¡Cuidado! ¡Mi padre es amigo del Gobernador y podríais tener que pagar caro este proceder misterioso, por lo que a mí atañe! ¡En Maracaibo hay soldados y cañones!

Una desdeñosa sonrisa se dibujó en los labios del hombre del mar.

—¡No los temo! —dijo—. ¡Yo tengo hombres más temibles que los que guardan Maracaibo, y cañones también!

—Pero ¿quién sois?

—¡Es inútil que lo sepáis!

Dicho esto, el Corsario le volvió la espalda y salió, poniéndose de centinela en la ventana, mientras que Carmaux y el negro registraban la casa, desde la bodega al tejado, para ver si era posible disponer algo que comer, y Wan Stiller se colocaba junto a los dos prisioneros, con objeto de impedirles la menor tentativa de fuga.

El compadre blanco y el compadre negro, después de haber revuelto las habitaciones, llegaron a descubrir una cecina ahumada y cierta especie de queso bastante picante, que debía poner a todo el mundo de buen humor y en condiciones de gustar el excelente vino del Notario; por lo menos, así lo aseguraba el amable filibustero.

Advirtieron al Corsario que estaba dispuesto el almuerzo, y ya habían destapado algunas botellas de Oporto, cuando oyeron llamar nuevamente a la puerta.


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