El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Quién será? —se preguntó Carmaux—. ¿Otro cliente que desea hacer compañÃa al Notario?
—¡Ve a ver! —dijo el Comandante, que ya se habÃa sentado a la improvisada mesa.
El marinero no se hizo repetir la orden, y asomándose a la ventana y sin levantar la persiana, vio delante de la puerta a un hombre que tanto parecÃa un criado como un alguacil.
—¡Demonio! —murmuró—. ¿Vendrá en busca del jovencillo? ¡La misteriosa desaparición del novio habrá preocupado a la novia, a los padrinos y los invitados! ¡Hum! ¡El asunto comienza a embrollarse!
Mientras tanto, el criado, como no le contestaban, seguÃa llamando con más fuerza, produciendo tal estrépito, que atrajo a la ventana a todos los vecinos.
Era preciso abrir y apoderarse también de aquel importuno antes de que el vecindario sospechase algo y echara abajo la puerta o llamase a los soldados.
Carmaux y el negro se apresuraron a bajar y abrir; pero apenas el criado o alguacil penetró en el pasadizo que hacÃa veces de portal, quedó sujeto por el cuello de modo que no podÃa dar un grito; y en seguida, atado, amordazado y subido a la habitación, en compañÃa de su desgraciado amo y del no menos infortunado Notario.
—¡El demonio se los lleve! —exclamó Carmaux—. ¡A poco que esto continúe, vamos a hacer prisioneros a todos los habitantes de Maracaibo!