El falso brahman
El falso brahman Señor Yáñez, si no me engaño, sufriremos un ataque formidable, espantoso.
—¡Ah, bribón!… ¿Cuándo te decidirás a llamarme alteza? ¿Cuando te haya hecho cortar la punta de la lengua por el verdugo de mi imperio?
—Vos no haréis eso jamás.
—Estoy muy convencido de ello, mi bravo Kammamuri; para ti soy siempre el señor Yáñez o el Tigre blanco; como también Sandokán es para ti siempre el Tigre de la Malasia.
—¡Dos grandes hombres, señor!…
—El diablo te lleve. Algo hemos hecho, ciertamente, en la Malasia y en la India, pero no más de lo que bastó para no dejar que se enmoheciesen nuestras espléndidas carabinas inglesas.
—Nada de eso, alteza…
—Alto allá, Kammamuri; te prohÃbo darme ese tÃtulo mientras no estemos en la Corte; y me parece que ahora, si no estoy ciego, nos hallamos en mitad de una selva magnÃfica, sin ministros inoportunos ni grandes mariscales de no sé qué tÃtulo.
—Es una orden que habéis instituido vos, señor Yáñez.
