El hijo del Corsario Rojo

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Arrojaron los vestidos y la espada de Martín en medio de un espeso matorral, volvieron la espalda al puerto y siguieron por una veredita que serpeaba entre espléndidos bananos y palmeras.

Habiéndose reunido toda la población en el muelle, no se veía alma viviente por los alrededores; así es que pudieron atravesar sin dificultad la ciudad y llegar hasta la «Puerta del Sol», que era en aquella época una de las principales de Santo Domingo, y que conducía a campo abierto.

Dos alabarderos, armados de largas picas, paseaban a corta distancia, fumando y charlando.

Al ver al conde y al marinero, se detuvieron para cortarles el paso; luego uno de ellos, observando que se trataba de un soldado, preguntó:

—¡Hola, camarada! ¿A dónde se va?

—Tengo orden de acompañar a este hombre hasta las afueras de la ciudad —respondió con aire de franqueza el señor de Ventimiglia.

—¿Quién es?

—Un correo del gobernador.

—¿Sin caballo?

—Ya sabe dónde ha de encontrarlo. Abrid la puerta. Llevamos mucha prisa.

—¿Y no os han dado ninguna carta?

—¿No soy soldado?


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