El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Oh! No lo esperéis, capitán —contestó el filibustero.
—Entonces, ¿para qué ir hasta all�
—Porque la muralla próxima está destruida en parte y ya encontraremos el medio de bajar al foso, y luego…
Se detuvo, con la boca abierta y mirando al conde.
—¿Qué?… —respondió el corsario.
—Soy un verdadero estúpido, capitán.
—¿Por qué?
—No podemos pasar por la «Puerta del Sol» sin correr el riesgo de rompernos la crisma en el fondo del foso. No hay duda de que voy envejeciendo muy de prisa.
—¿Estás loco, Mendoza?
—No, señor conde; soy medio idiota. ¿No estáis vestido de alabardero?
—Creo que sÃ.
—Nos presentaremos a la guardia de la puerta; vos diréis que habéis recibido la orden de acompañarme y de hacerme salir. Podéis añadir, si no os parece mal, que soy un espÃa que va a vigilar a los bucaneros. A un soldado se le da siempre crédito.
—¿Y hace poco asegurabas que eras medio idiota? —dijo el conde riendo—. Se me figura, por el contrario, que cada dÃa te vas volviendo más astuto, viejo escualo. En marcha; no quiero encontrarme en Santo Domingo cuando despunte el alba…