El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo La «Nueva Castilla» chocó contra ella con su solidÃsimo tajamar y la deshizo completamente, pasando por medio de sus restos; luego, después de disparar todos los cañones a un tiempo, se lanzó fuera del puerto.
—¿Qué decÃs ahora, señor conde? —preguntó Mendoza, que fumaba furiosamente.
—Que con semejantes hombres se podrÃa conquistar el mundo —contestó el señor de Ventimiglia—. Pero además hace falta tener mucha fortuna. No sé de ningún otro barco que haya escapado tan bien, amigo.
—Ahora los galeones van a darle caza. ¿Qué esperarán? ¿Alcanzar nuestra nave? ¡Eh queridos, no conocéis aún a la «Nueva Castilla»!
—Me parece que ya lo han comprendido.
—El señor Verra les hará correr.
—Pues entonces corramos también nosotros y procuremos dejar a Santo Domingo antes de que salga el sol. Los españoles descargarán toda su rabia sobre nosotros y nos perseguirán sin descanso.
—Y si nos cogen, nos cuelgan, señor conde —respondió Mendoza.
—Acaso esas dos cuerdas no se hayan tejido todavÃa. ¿Conoces tú la ciudad?
—Lo bastante para guiaros a la «Puerta del Sol».
—¿Nos dejarán salir a esta hora?