El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo También la multitud que se agolpaba en el muelle, aunque expuesta al fuego de la artillería, gritaba furiosa:
—¡Mueran los filibusteros! ¡Destruidlos! ¡Despedazadlos!
La «Nueva Castilla» continuaba intrépidamente su marcha, cubriendo con balas y bombas a las naves enemigas y amenazando abordarlas.
De casco sólido, bien armada y conducida por hombres acostumbrados a batirse casi a diario, no vacilaba en sus movimientos.
Devolvía golpe por golpe a los galeones y a las carabelas, en tanto que los dos cañones del alcázar vomitaban de tiempo en tiempo granizadas de metralla.
Al llegar a cien pasos de los galeones, cruzó gallardamente ante ellos, con todos sus formidables arcabuceros a babor; luego, con un movimiento inesperado, giró a la derecha de la escuadra, donde aún quedaba el espacio necesario para navegar a lo largo de la costa.
Una carabela pequeña intentó cerrarle el paso, colocándose ante la proa, para dar tiempo a que los galeones se movieran.
Era un ratoncillo que pretendía detener a un león.