El hijo del Corsario Rojo

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Durante algunos minutos, fragata y galeones cambiaron continuos cañonazos, sin causarse graves daños. Toda la población de Santo Domingo se hallaba reunida en el muelle. Luego siguióse un momento de calma, porque la «Nueva Castilla», con una hábil maniobra, colocóse en forma tal, que hizo converger el fuego de los españoles hacia las casas del puerto.

Cierto que de este modo ofrecíase como blanco a los disparos de la artillería de los fuertes, que podían hacer fuego sin dañar a la ciudad; pero el lugarteniente del conde no era hombre que expusiese mucho tiempo su nave a las balas enemigas.

Con dos viradas rápidas, la «Nueva Castilla» replegóse hacia el centro de la rada, desencadenando de parte de los fuertes una tempestad de cañonazos; luego se encaminó hacia la boca del puerto, amenazando pasar ora a babor, ora a estribor de la escuadra.

Sus veintidós cañones tronaban furiosamente, sobre todo contra las carabelas, en tanto que los arcabuceros batían a tiros los elevadísimos puentes de los galeones, derribando, con precisión matemática, a los oficiales.

Feroz gritería alzábase en las toldillas, mezclándose y confundiéndose con el estruendo de los cañones y de los arcabuces.


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