El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Qué hacéis aún con mi traje, señor? ¡Vos sois quien me ha dado veinte doblones!
—SÃ, Barrejo —respondió el señor de Ventimiglia.
—¿Y a qué habéis venido aqu�
—A ofreceros otros diez doblones, si no lo lleváis a mal.
—¡Por todos los demonios del infierno! ¿Queréis hacerme millonario?
—No, quiero engordaros, porque estáis muy flaco.
—Todos los gascones son flaquÃsimos, señor conde. Sin embargo, ¡qué músculos de acero los que tenemos!
—¡Ojalá que no los vea algún dÃa dedicados al trabajo! Ahora bien, ¿deseáis ganar otros diez doblones?
—¿Qué hay que hacer?
—Una cosa sencillÃsima. Abrirnos la puerta y dejarnos salir al campo.
—¿Y nada más? —preguntó el gascón estupefacto.
—Nada más. Os advierto que he dicho a vuestros compañeros que somos correos del gobernador.
—¿Y no teméis un encuentro con los bucaneros? Asegúrase que se están organizando para intentar un golpe de mano sobre la ciudad.