El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—No os ocupéis de esto, Barrejo. Abridnos la puerta y otras diez monedas de oro irán a engrosar vuestro pequeño tesoro.

—Estoy dispuesto a abriros todas las de la población —respondió el gascón—. Venid, señor conde. No nos molestarán mis camaradas.

Cogió una enorme llave que estaba colgada de un clavo, abrió la pesada puerta chapeada de hierro y condujo al conde y a Mendoza a través de un robusto bastión, perforado en la mitad por una estrecha galería.

—Ya estamos en el campo —dijo, después de abrir otra puerta—. ¿Me permitís que os acompañe un rato?

—Ya os he asegurado que no sentimos miedo —dijo el conde.

—No lo dudo, señor. Pero ¡qué queréis! Me agrada extraordinariamente vuestra compañía.

—Supongo que no será para vigilarnos —dijo Mendoza.

—¡Oh! ¡Un gascón! Nunca acostumbramos a mentir.

—Entonces, venid —dijo el conde—. Podréis darnos informaciones preciosas.

—Estoy completamente a vuestra disposición, señor conde —respondió el gascón.

—Podréis, por ejemplo, decirnos dónde encontraremos caballos.


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