El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —A media milla de aquà hay una caballeriza que forma parte de un gran rancho Si disponéis de buenos doblones, podréis adquirir cuantas potros os plazcan.
—Nuestras bolsas están aún bastante repletas, a pesar de la sangrÃa que ha sufrido la mÃa.
—Yo os guiaré.
—¿No se alarmarán vuestros camaradas al ver que no volvéis?
—¡Que vayan al diablo! —exclamó Barrejo encogiéndose de hombros—. ¿No soy dueño de dar un paseo nocturno y de escoltar a las personas recomendadas por Su Excelencia el gobernador?
—¡Oh! Es cierto —dijo el conde riendo—. Somos personajes importantÃsimos.
—Que viajan, no obstante, sin pasaporte —añadió maliciosamente el gascón.
—Lo llevamos siempre en la punta de nuestra espada.
El soldado comprendió lo que el conde querÃa decir y, aunque gascón, juzgó oportuno callar.
Internáronse en una senda rodeada de bellÃsimos agaves, plantas textiles que dan hilos elásticos y finos y de cuyas hojas los indios obtienen una bebida fermentada llamada pulque, muy espumosa y agradable. Detrás de esta valla natural extendÃanse inmensas plantaciones de caña de azúcar y de café, las mayores fuentes de riqueza de aquella isla fertilÃsima.