El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Surcaban el tenebroso espacio enjambres de moscas de luz, insectos que despiden una claridad mucho más viva que las luciérnagas, y en los surcos de los plantíos y alrededor de las charcas cantaban grandes sapos amarillos y negros, con cuernos, y millares de ranas.

Los tres hombres caminaron en silencio durante un cuarto de hora alumbrándose con la linterna; luego, al llegar a un sitio donde el camino se bifurcaba, el gascón se detuvo.

—¿Nos dejáis? —preguntó el conde.

—Eso depende de vos, señor —contestó el soldado.

—¿Qué queréis decir con eso?

—Señor conde, soy un hombre de honor y segundón de una familia noble de Gascuña. Ya sabéis que, más o menos, en mi país todos somos nobles, pero pobres, porque nuestros padres solo nos dejan por herencia una larga espada y grandes lecciones de picardía.

—¿A dónde vais a parar con todo eso, Barrejo?

—Desearía saber quiénes sois y por qué habéis huido de Santo Domingo cuando estaba prohibido salir a todos los habitantes.

El conde quedóse un momento mudo, mirando al soldado, luego dijo:

—Apostaría a que ya lo sabéis.

—Tal vez.


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