El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Soy el capitán de la fragata que entró en la rada ayer por la mañana y que hace dos horas fue cañoneada por los españoles.

—Filibusteros… ¿verdad?

—Sois muy perspicaz, Barrejo. Ahora seguramente iréis a dar aviso al gobernador.

—¡Yo! —exclamó el gascón—. ¡Traicionaros yo! ¡Nunca!… En mi país somos hombres de honor.

—Entonces he satisfecho vuestra curiosidad.

—Señor conde, ¿puedo haceros una proposición?

—Decid.

—Nosotros los gascones somos gente de guerra y no nos gusta dejar que se enmohezca inútilmente nuestra espada. La mía duerme hace dos años en Santo Domingo, y está amenazada de no volver a salir de la vaina. ¿Queréis tomarme a vuestro servicio? Con los filibusteros siempre hay ocasión de mover las manos.

—Y también de morir fácilmente —dijo Mendoza.

—Tengo treinta y dos años y ya he vivido bastante —dijo el gascón—. ¿Os convengo, señor conde? Os juro que adquirís una buena espada.

—Y además, lo libraréis de muchos ratos de fastidio —añadió el marinero, a quien no desagradaba aquel fanfarrón.

—Sea —dijo el señor de Ventimiglia—. Un valiente más a bordo de mi fragata no servirá de estorbo.


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