El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No sois español, de modo que podéis pasaros al enemigo —dijo Mendoza.
—Soy un aventurero y nada más; como tal, tengo derecho a ofrecer mi brazo y mi espada a quien mejor me plazca.
—¿Conocéis San José?
—Conozco a medio Santo Domingo.
—¿Sois capaz de guiarnos a la finca de la marquesa de Montelimar?
—Aunque sea con los ojos vendados.
—Vamos, ante todo, a proporcionarnos caballos. No dudo que los españoles nos darán caza.
—Creo que estáis en lo cierto, señor conde —contestó el gascón—. Lanzarán también sobre nosotros alguna traÃlla de sus terribles perros.
—En marcha, entonces, Barrejo —dijo el conde—. No tengo el menor deseo de que me muerdan los talones esos animalitos.
—Debemos seguir el camino de los bosques, señor conde. Los soldados patrullan por las sendas y podrÃan detenernos.
—¿Hay muchos fuera de la ciudad?
—¡Oh, muchos!
—Vamos a visitar los bosques.
El gascón arrojó al suelo la linterna, cuya luz podÃa traicionarlos y atraer alguna ronda que fuese en persecución de bucaneros.