El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Aquellas bandas de soldados, formadas por cincuenta hombres cada una, tenía la misión de impedir a los bucaneros, aliados de los filibusteros, dar caza a los numerosos toros salvajes que en aquella época vagaban libremente por las selvas de la isla.

No osando los dominadores afrontar a los terribles cazadores, que no erraban jamás un golpe, decidieron matarlos de hambre, y para esto instituyeron las compañías volantes. Al principio las proveyeron de armas de fuego, pero como no les agradaba batirse con los bucaneros ni encontrarse con ellos, cuando notaban su proximidad, preferían descargar al aire sus arcabuces.

Advertidos del peligro, los cazadores se marchaban tranquilamente a otra parte.

Los gobernadores de las diversas ciudades, noticiosos de la estratagema, quitaron a las rondas los arcabuces, armándolas solamente con alabardas, pero sin obtener, como puede comprenderse con facilidad ningún resultado práctico.

Si antes eran los bucaneros los que escapaban, ahora eran los alabarderos los que echaban a correr tan pronto como oían un tiro, así es que los combates escaseaban tanto como las moscas blancas, porque los perseguidores no sentían el menor deseo de jugarse la piel inútilmente.


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