El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Tales eran las famosas rondas llamadas cincuentenas, con las cuales los gobernadores esperaban destruir a todos los bucaneros —y eran muchos— que infestaban las inmensas selvas de la isla, siempre dispuestos a prestar auxilio a los filibusteros de la Tortuga cuando se proyectaba algún golpe de mano.
El gascón hizo atravesar a sus compañeros un extenso plantÃo de caña de azúcar, luego se internó resueltamente en la espesura, formada por enormes algodoneros silvestres, cuyos troncos, labrados, los empleaban indios y negros para canoas, capaces de contener hasta cien hombres.
—Encontraremos la caballeriza al otro lado del bosque —dijo el soldado al conde—. Ahorremos tiempo y no corramos el peligro de tropezar con alguna cincuentena. Procurad no hacer ruido, porque en estos matorrales abundan los toros, que son muy peligrosos cuando se enfurecen o se les molesta.
La marcha no tardó en hacerse dificilÃsima, con poca satisfacción por parte de Mendoza, acostumbrado únicamente a pasear por las toldillas de los barcos y a trepar por los mástiles.