El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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En aquellos tiempos, Santo Domingo, lo mismo que la vecina Cuba y que Jamaica, tenía bosques, antiguos como el mundo, los cuales, acumulando hojas sobre hojas y pudriendo ramas y raíces, preparaban aquel maravilloso terreno, que más tarde habían de aprovechar tan útilmente los emprendedores colonos.

Los algodoneros silvestres alzábanse por todas partes, mezclados y confundidos con gigantescas palmeras, sin más punto de sostén que un banco de tierra de dos pies de alto a lo sumo, al parecer insuficiente para sus desmesuradas raíces.

Veíanse sobre todo espesísimos matorrales, armados de agudas espinas que hacían proferir maldiciones a Mendoza.

El gascón, que había formado muchas veces parte de la cincuentena, no vaciló en elegir el camino, aunque bajo aquellas inmensas arcadas de verdura reinase oscuridad casi completa.

—Llevo la brújula en la cabeza —repetía, destrozando con el espadón los matorrales para abrir paso al conde.

Y parecía, en efecto, que aquel diablo de hombre, que caminaba con tal seguridad, sin detenerse un momento, tenía la facultad de orientarse como las palomas mensajeras. Quien dudaba, y no poco, era Mendoza, que a pesar de ser hombre de mar, no ignoraba cuán fácil es extraviarse en medio de los bosques.


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