El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Aquella marcha fatigosísima duró tres horas; luego el pequeño grupo se encontró ante una vasta llanura, cortada por gran número de charcas.

Un estrépito infernal se alzaba de las altas hierbas y de los cañaverales que allí crecían. Cantaban millones de sapos y de ranas, y, de vez en cuando, a semejante estruendo uníanse gritos roncos, análogos al eco de tambores o de cañonazos.

El gascón se detuvo, blasfemando en francés y en español.

—¡Eh, camarada! ¿Habréis acaso perdido la brújula que afirmabais llevar en el cerebro? —preguntó Mendoza.

El gascón permaneció un momento callado; luego golpeándose furiosamente la coraza, respondió:

—Parece que se ha descompuesto.

—¿El qué?

—Mi brújula.

—Eso es cosa seria para la gente de mar.

—Y a veces también para la de tierra —respondió el aventurero, que parecía desconcertado—. ¿Cómo la habré perdido? Sin embargo, este bosque lo he visitado en más de una ocasión.

—Espero, Barrejo, que no tendréis intención de hacernos devorar por los caimanes —dijo el señor de Ventimiglia.


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