El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Estimo mis piernas tanto como estiméis las vuestras —respondió el gascón—. ¿Queréis un consejo, señor conde? Esperemos a que amanezca.

—Y mientras descabecemos un sueñecillo —añadió Mendoza—. En la hierba fresca y mullida dormiremos mejor que en una hamaca de la «Nueva Castilla».

—Entre tanto los caimanes se cenarán vuestros pies —dijo el gascón—. No cerréis los ojos, os lo ruego. Yo sé cuán peligrosas son estas charcas.

—¿Tenéis un cigarro, Barrejo? —preguntó el conde.

—Estoy bien provisto de tabaco de Cuba, el mejor que se cultiva en todo el Golfo de México.

—Dadme uno y aguardaremos a que apunte el sol. Espero que entonces no os extraviaréis en medio de los bosques de Santo Domingo.

—¡Silencio, señor!

—¿Qué ocurre? Si es algún caimán, lo dividimos por mitad. Todavía no os he visto manejar la espada.

—¡Que caimán! Es una cincuentena que se acerca. ¡Chitón!

Todos se pusieron en acecho, ocultos tras el enorme tronco de un algodonero silvestre.

Parecía que una tropa numerosa salía del bosque. Oíanse pasos lentos y acompasados de hombres acostumbrados a marchar en columna.


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