El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Las exigencias de la caza les obligaba a desbandarse durante el día, pero por la tarde reuníanse todos en un lugar convenido, y si alguno faltaba, sospechando que lo hubiesen asesinado, suspendían sus cacerías hasta que lo encontraban o lo vengaban.
Y comenzó entonces una lucha despiadada. Los bucaneros, hasta aquel momento, se habían dejado matar, pero a partir de aquella hora, empezaron a tomar tan espantosos desquites, que toda la isla se vio inundada de sangre y aún hoy muchos lugares recuerdan con sus nombres los horrores que presenciaron.
Temerosos los bucaneros de no poder resistir a las innumerables cincuentenas españolas, decidieron trasladar, tras una larga lucha, sus establecimientos a las isletas que rodeaban Santo Domingo.
No volvieron ya a las cacerías más que en numerosas partidas, y combatían fieramente cuando encontraban al enemigo.
Algunos de sus establecimientos adquirieron gran renombre, como el de Bayaba, que tenía un puerto vastísimo, muy frecuentado por los barcos franceses, ingleses y holandeses.
Del mismo Bayaba faltaron cierto día cuatro bucaneros; sus camaradas organizaron una expedición para ponerlos en libertad o para vengarlos.