El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Cuando reunía suficiente número de pieles, las llevaba a la isla Tortuga o a cualquier otro puerto de filibusteros.
Una existencia consagrada a semejantes ejercicios y sostenida con la clase de alimentos ya dichos, salvaba a aquellos terribles cazadores de innumerables enfermedades que atacaban a los demás habitantes.
A lo sumo sufrían a veces una fiebre ligera, que desaparecía enseguida con hojas de tabaco.
Las fatigas excesivas y la intemperie acababan, sin embargo, por extenuarlos.
Inquietos los españoles con la presencia de tantos cazadores extranjeros, los dejaron durante algún tiempo campar por sus respetos; pero cuando les vieron fundar establecimientos en Savaná, en el puerto de Margot, en Gonaves, en el embarcadero de Mirfolais y en la isla Avaches, tomaron el partido de arrojarlos del territorio, declarando a aquellos desgraciados una verdadera guerra de exterminio.
La lucha fue ferocísima.
Los españoles se habían forjado la ilusión de acabar fácilmente con aquellos miserables, de quienes, después de todo, no habían recibido ofensa alguna.
Seguramente los bucaneros habrían desaparecido, poco a poco, víctimas de las cincuentenas que recorrían los bosques, si con mejor consejo los cazadores no hubiesen al fin resuelto reunirse en grupo, para defenderse.