El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Señor —dijo—, ¿qué deseáis de mÃ? Recibiré grandÃsimo honor en poder ser útil en algo al sobrino del gran Corsario Negro.
—No os pido más que un asilo seguro donde poder reposar algunas horas, y comida, si podéis proporcionárnosla —contestó el conde.
—Os ofrezco cuantas chuletas queráis y una magnÃfica lengua de buey —replicó el bucanero—. Tengo guardada una botella de aguardiente para las visitas inesperadas, y os la ofrezco con mucho gusto.
—No pido tanto de…
—Botafuego —dijo el bucanero, sonriendo.
—El nombre de batalla, ¿no es cierto?
—He olvidado el mÃo —repuso el cazador, frunciendo el entrecejo—. Al atravesar el Océano perdemos nuestros nombres, mas puedo aseguraros que soy hijo de una ilustre familia del Languedoc. ¿Qué os voy a decir? La juventud algunas veces obliga a cometer malas acciones. Pero no hablemos de esto. Es un secreto mÃo.
—Que no deseo conocer —replicó el conde.
El bucanero pasóse tres o cuatro veces la mano, callosa y manchada de sangre, por la frente, como si tratase de desechar lejanos y dolorosos recuerdos; luego dijo:
—Me habéis pedido un refugio y comida; me siento orgulloso de ofrecer el uno y la otra al sobrino del valiente corsario.