El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Llevóse dos dedos a la boca y lanzó un silbido prolongado.
Pocos momentos después, un muchachote de veinte a veintidós años, rubio, flaco, con ojos azules y acompañado de siete u ocho grandes perros, salió de la espesura.
—Quítale la piel a ese animal —le ordenó bruscamente Botafuego—, y córtale en seguida la lengua y algunas chuletas. Las comeremos esta tarde.
Luego, volviéndose al corsario, con afabilidad extraña en un hombre de apariencia tan ruda, le dijo:
—Seguidme, señor. Mi pobre cabaña y mi mísera despensa están a vuestra disposición…
—No pido otra cosa —contestó el conde.
El bucanero recogió su arcabuz de grueso calibre y se puso en marcha, observando atentamente los matorrales, acaso más por hábito que por previsión, porque los perros no mostraban inquietud alguna.
—Y el búfalo que habéis muerto, ¿lo dejáis ahí? —preguntó el conde.
—No debe andar muy lejos mi criado —repuso el bucanero—. Ya le encargué que lo descuartice y que le corte los trozos mejores.
—¿Y el resto?