El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Tenéis seguridad absoluta de que la marquesa no os hará traición? Conozco a esa bella señora por haberla encontrado una vez en las inmediaciones de su finca.
—Es una noble dama que me ha salvado la vida.
—Entonces basta —repuso el bucanero—. Llamad a vuestros amigos, señor conde, y decidles que se armen con arcabuces. Tengo aquà siempre tres o cuatro de reserva y todos de buen calibre, con balas de a onza.
Mendoza y el gascón, al oÃr la orden del conde, acudieron presurosos, seguidos del criado, el cual, como si adivinase el pensamiento de su amo, llevaba fusiles y municiones.
—En marcha, amigos —dijo el señor de Ventimiglia—. Botafuego nos servirá de guÃa.
El bucanero se dirigió a su criado, que le interrogaba con la mirada.
—Te quedarás aquà —le ordenó con cierta aspereza— y esperarás mi regreso. No te preocupes si tardo una semana o un mes. En el caso de que los españoles te amenacen, refúgiate en la colonia del cabo Tiburón y allà nos encontraremos. ¡Guárdate de las cincuentenas y ten cuidado de mis perros! ¡Adiós!