El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Apenas terminó el cigarro, cuando se disponía a entrar de nuevo en la choza, vio llegar a Botafuego, más tétrico que antes. Observándolo atentamente, descubrió que el fiero cazador tenía los ojos enrojecidos como si hubiera llorado largo rato.

—¿Pasó ya la tempestad? —le preguntó el señor de Ventimiglia con dulzura.

—Los huracanes duran poco en Santo Domingo —contestó el bucanero con sonrisa triste—. ¡Bah! Ya pasó todo. He matado dos jabalíes, allí, en la orilla de los pantanos… Es mi oficio…

El conde le alargó la diestra.

—Estrechadla —dijo.

—No, señor, ya no soy digno de dar la mano a un hombre hidalgo. No estamos en Normandía.

—Estrechadla os digo.

—Sí, pero más tarde. Cuando nos separemos para siempre, os diré lo que fui en otro tiempo… y acaso entonces… Señor conde, dentro de cuatro horas se ocultará el sol, y la villa de la marquesa de Montelimar está lejana. ¿Queréis que nos pongamos en marcha? No llegaremos a San José antes del alba, y en este país es mejor andar de noche.

—Estoy dispuesto a seguiros y a obedeceros —contestó el corsario.


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