El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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El bucanero, presa de verdadera exaltación, levantóse de un salto, con los ojos dilatados y el rostro inundado de sudor. Descolgó su arcabuz y salió rápidamente de la choza, desapareciendo entre los árboles.

—¿Es así siempre tu amo? —preguntó el conde al criado, que permanecía de pie en el umbral de la cabaña.

—Nunca lo he visto sonreír —contestó Cortal—. A toda hora está triste.

—Y no será él solo —dijo el gascón—. ¡Cuántos hombres en otros tiempos ricos y estimados se hallarán entre estos bucaneros!

—¡Y a cuántos nobles ha empujado Europa hacia América! —respondió el corsario.

—Es cierto, señor conde —afirmó el gascón con un suspiro—. Yo, sin embargo, he olvidado pronto a Pau y a mi castillete medio derruido. Yo no he visto a París ni probado sus seducciones fatales.

—¡La ruina de muchos hombres de bien! —dijo el conde—. Vale más la Provenza.

A su vez alzóse y salió de la choza en busca del bucanero.

El cazador había desaparecido, pero oyó algunos arcabuzazos en la espesura.


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