El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Han pasado los años —prosiguió el desgraciado, comprimiéndose la frente con ambas manos, como si tratase de aplastar los pensamientos que le atormentaban— y, sin embargo, veo a mi castillo, allá, en la orilla del lago, erguirse soberbio con sus almenas y sus torres; veo aún, algunas noches, pasear por la terraza a aquella hermosa niña que era mi hermana y por la que habría dado la vida… Un barón de la Bretaña la hizo su esposa… ¡que sea feliz y que ignore siempre lo que ahora es su infortunado hermano, devorado por París!… Cortal, dame más de beber. ¡Tengo sed! ¡Una sed terrible!…

Permaneció algunos instantes silencioso, contemplando, con los ojos muy dilatados, sombrío, tembloroso, el vaso lleno hasta los bordes; luego dijo:

—¡Oh; así es muchas veces la vida! ¡Acaso estaba escrito por un genio maléfico! Y, sin embargo, ¡cuán terrible ha sido la caída! ¡Cuánto mejor que a los veinte años una estocada hubiese acabado con mi vida en los vergeles de Normandía! Al menos nunca habría visto París, al menos nunca habría descendido, escalón por escalón, hasta el fango de una cárcel… no habría manchado el blasón de mis antepasados… no habría renegado de mi Francia… no habría cambiado de nombre… ni habría huido como un ladrón… ¡pobre criatura!…

—¡Botafuego! —gritó el conde.


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