El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿La conocéis?
—Solo una vez la he visto, cuando atravesaba a caballo una selva, y en aquella ocasión le presté un pequeño servicio. Si no se hubiese encontrado conmigo y no le hubiera yo matado el caballo con un certero arcabuzazo, es probable que la señora de Montelimar no viviese…
El bucanero se detuvo bruscamente, al ver que el mastÃn se paraba moviendo las orejas.
—¿Qué ocurre? —preguntó el corsario.
—Por ahora nada —respondió Botafuego, frunciendo el entrecejo.
—Me parecéis inquieto.
—Puedo haberme engañado.
—¿Y también vuestro perro?
El bucanero permaneció un momento silencioso, observando con atención al mastÃn, que seguÃa parado y no cesaba de levantar y bajar las orejas.
—Creo haber oÃdo un ladrido lejano —dijo finalmente.
—¿De alguna cincuentena que nos persigue?
—Pudiera ser, señor conde. Dejemos el terreno descubierto e internémonos en la selva. Ahà estaremos más seguros.