El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo LA CAZA HUMANA
A la derecha tendíase la inmensa selva, formada por palmas gigantescas, algodoneros, tamarindos, y multitud de trepadoras que constituían matorrales tan espesos que podrían ocultar hasta a cien hombres.
Botafuego, que seguramente conocía aquellos parajes mucho mejor que el gascón, el cual, a pesar de la brújula que llevaba en el cerebro, no había logrado descubrir el rancho donde encontrarían caballos, púsose a la cabeza de la pequeña tropa, abriendo paso con dos cuchillos que había sacado de la cabaña.
El mastín le auxiliaba maravillosamente guiándole con seguridad perfecta a través del laberinto del bosque.
De vez en cuando el amo y el perro deteníanse para escuchar, en seguida reanudaban la marcha, manifestando ambos cierta inquietud que no pasaba inadvertida para el conde.
El sol se había ocultado y los expedicionarios seguían su marcha a través de aquella interminable selva, cuando el bucanero, por décima vez, se detuvo ante un enorme tamarindo, diciendo:
—Es inútil ocultároslo, señor conde; nos siguen.
—¿Quién? —preguntó el corsario.
—Una o más cincuentenas, seguramente.
—¿Cómo lo sabéis?