El hijo del Corsario Rojo

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CAPÍTULO VII

LA CAZA HUMANA

A la derecha tendíase la inmensa selva, formada por palmas gigantescas, algodoneros, tamarindos, y multitud de trepadoras que constituían matorrales tan espesos que podrían ocultar hasta a cien hombres.

Botafuego, que seguramente conocía aquellos parajes mucho mejor que el gascón, el cual, a pesar de la brújula que llevaba en el cerebro, no había logrado descubrir el rancho donde encontrarían caballos, púsose a la cabeza de la pequeña tropa, abriendo paso con dos cuchillos que había sacado de la cabaña.

El mastín le auxiliaba maravillosamente guiándole con seguridad perfecta a través del laberinto del bosque.

De vez en cuando el amo y el perro deteníanse para escuchar, en seguida reanudaban la marcha, manifestando ambos cierta inquietud que no pasaba inadvertida para el conde.

El sol se había ocultado y los expedicionarios seguían su marcha a través de aquella interminable selva, cuando el bucanero, por décima vez, se detuvo ante un enorme tamarindo, diciendo:

—Es inútil ocultároslo, señor conde; nos siguen.

—¿Quién? —preguntó el corsario.

—Una o más cincuentenas, seguramente.

—¿Cómo lo sabéis?


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