El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Viviendo siempre en medio de las selvas, nuestros oÃdos se afinan de una manera increÃble y notan en seguida los rumores más lejanos. Os repito que nos siguen y que acaso nuestros enemigos no se hallen muy lejos.
—Yo no he oÃdo nada. ¿Y tú, Mendoza?
—Solamente oigo cantar a las ranas y a los sapos —contestó el filibustero.
—Y yo caer las hojas y las frutas —añadió el gascón.
—Pues yo sigo escuchando ladridos lejanos —afirmó el bucanero—. ¿Os ha visto alguien atravesar la selva?
—Hemos hecho huir a una cincuentena y matado al perro que la precedÃa —respondió el conde.
—Ahora comprendo —dijo Botafuego—. Esa cincuentena habrá encontrado a otra acompañada de perros, y en este momento nos siguen cien hombres, y no descansarán hasta que nos den alcance. ¡Mal negocio!
—Procuraremos llegar lo antes posible a la finca de la marquesa de Montelimar —dijo el conde.
—Aún está muy lejana —respondió el bucanero—. Apretando el paso, no nos hallaremos allà antes de la salida del sol.
—¿Andan muy cerca los españoles?