El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Tal vez no; pero los perros sÃ, y esos animales son más peligrosos que los hombres. Yo les conozco perfectamente, y con razón les llaman perros estranguladores. Guardaos de ellos, señor conde.
—¿Qué decidÃs? ¿Esperamos su ataque o continuamos la marcha?
En vez de contestar, Botafuego observó atentamente la selva, espesÃsima en aquel lugar a causa del infinito número de lianas que se entrelazaban de mil maneras en torno de los árboles, formando preciosas guirnaldas.
—Intentemos hacer que pierdan nuestra pista los dogos —dijo luego—. Acaso lo logremos con una marcha aérea. Lo importante es obrar con rapidez.
Echóse a la espalda el arcabuz, se agarró a una madeja de lianas que pendÃa del tamarindo y se izó a fuerza de puños, diciendo:
—Tratad de imitarme.
—Lancémonos al abordaje —dijo Mendoza—. Prefiero esta maniobra marÃtima a la marcha interminable. Amigo Barrejo, figuraos que estáis a bordo de un navÃo de tres puentes.
El conde, comprendiendo bien los propósitos del bucanero, trepó en seguida por otra madeja de lianas, como habilÃsimo gimnasta.