El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Botafuego llegó hasta las ramas gruesas del tamarindo, y sirviéndose siempre de aquellas resistentes cuerdas vegetales, pasó a un enorme algodonero y luego a una palma, continuando atrevidamente su marcha aérea.

Saltar de una planta a otra no era difícil, porque los árboles crecían tan próximos, que sus ramas se entrelazaban. Aun sin lianas, aquella maniobra, para hombres ágiles, habría resultado sencilla. El mastín, destinado a caer bajo los dientes de los feroces y robustos canes cubanos, seguía por tierra a su amo, aullando de un modo lastimero.

—Ese estúpido nos va a delatar —dijo Mendoza al bucanero, aprovechando un momento de descanso.

—Es cierto —añadió Botafuego, preparando el arcabuz—. Me duele mucho, pero su muerte es necesaria.

Apenas pronunció estas palabras, el pobre mastín caía al suelo, herido por la infalible bala del cazador.

—Es extraño —dijo el bucanero, pasándose una mano por la frente—. Se me figura haber cometido un delito. ¡Bah! La necesidad carece de ley en la selva.

Volvió a cargar el arcabuz y se puso en acecho.

Ladridos lejanos saludaron aquel tiro.

—Los españoles han reunido una jauría —dijo luego—. Afortunadamente, podrán sitiarnos pero no cogernos.


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