El hijo del Corsario Rojo

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—¿Y la cincuentena que va detrás? —preguntó el conde.

Botafuego encogióse de hombros.

—Las alabardas nada podrán contra los arcabuces —dijo—. Eso no me preocupa. Continuemos nuestra marcha. Los dogos han descubierto nuestras huellas y las siguen obstinadamente; no debemos detenernos aquí, tan cerca del mastín muerto.

Prosiguieron su gimnástica expedición, deslizándose entre las ramas y las lianas, ora levantándose o bajando hasta tocar en tierra casi, guardándose bien, sin embargo, de llegar hasta ella, para no dejar la menor huella.

Así recorrieron quinientos metros; de pronto oyeron, a no mucha distancia, furiosos ladridos.

Los dogos, no encontrando la pista de los fugitivos, desahogaban su rabia ladrando de una manera amenazadora.

—Seguramente han descubierto el cadáver de mi mastín —dijo el bucanero, montado a horcajadas en una gruesa rama, junto al conde.

—¿Nos encontrarán? —preguntó este.

—No me atrevo a asegurarlo, señor —respondió Botafuego—. Esos malditos perros tienen un olfato maravilloso.

—Este árbol es bastante alto.


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