El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ya lo veo —contestó el bucanero sonriendo—. Sin embargo, no estoy tranquilo. Os repito que esos animales son terribles.
—No hagamos ruido.
—Eso es lo mejor.
Los dogos seguÃan ladrando furiosamente, a menos de cincuenta pasos. Como Botafuego habÃa dicho, descubrieron el cadáver del mastÃn y recorrÃan la selva buscando las huellas de los fugitivos.
De repente dejóse oÃr un ladrido sonoro, más agudo que los anteriores; luego sintióse crujido de hojas.
—Se acercan —dijo el bucanero—. Que nadie hable.
Mendoza y el gascón se encogieron en sus ramas, con los arcabuces preparados.
Botafuego y el conde les imitaron, procurando hacerse invisibles.
A través de la tenebrosa selva sentÃase un estrépito de ladridos agudos que muy pronto se perdieron en lontananza.
—Ya han pasado —dijo el bucanero al conde—. Ahora cuidado con la cincuentena. De seguro no se hallará muy lejos.
—¿Viene detrás? —preguntó el conde en voz baja.