El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Sigue siempre a los perros. Escuchad atentamente. ¿OÃs?
—SÃ, un ligero crujido.
—Son los españoles que marchan a través del bosque.
—¿Nos descubrirán?
—¡Por Baco! No tienen ojos de lince —respondió Botafuego—. Además, el follaje nos cubre por completo.
—¿Y si fueran arcabuceros?
—No los hay en las cincuentenas —contestó el bucanero—. Nadie disparará sobre nosotros, os lo aseguro.
—¡Silencio todos! La vanguardia de la cincuentena.
El rumor aumentaba, en tanto que los ladridos de los perros eran cada vez más débiles. Probablemente los terribles alanos habÃan encontrado huellas antiguas y las seguÃan con su habitual obstinación.
Momentos después, cinco hombres, armados de alabardas, abrÃanse paso por medio de los espesos matorrales y se detenÃan cerca del árbol donde se ocultaban los fugitivos.
—¡Diantre! —exclamó uno—. ¿A dónde se habrán ido esos malditos perros?
—Correrán tras de los enemigos, Alonso —contestó el otro.