El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Ojalá acaben con ellos a dentelladas! Eran tres, ¿verdad?
—Yo no vi más cuando mataron a nuestro Cid.
—¡Qué piernas tendrán esos hombres para recorrer tal distancia! ApostarÃa a que son bucaneros.
—Te engañas, DÃaz. Son los hombres que salieron de Santo Domingo y que asesinaron al pobre Barrejo.
—Ya lo vengaremos.
—¡Calla! Los perros vuelven.
En efecto, los ladridos, que poco antes resonaban muy débiles, se escucharon con más claridad.
La feroz traÃlla, al ver que corrÃa tras una pista antigua, retornaba a carrera desenfrenada, ladrando rabiosamente.
Pasando un minuto, veinticinco o treinta perros, enormes, de pelo encrespado, cabeza grande y mandÃbulas salientes, muy parecidos a los perros americanos llamados «blood-hound» por los colonos de Virginia y de la Luisiana, cayeron sobre los cinco hombres con tal Ãmpetu, que a poco más los derriban.
—Una carrera inútil, ¿verdad, chiquitos? —dijo el que se llama DÃaz—. No hay que desanimarse. Esos bribones no tienen alas y ya los encontraremos.
—Bien dicho —interrumpió otro soldado—. Lo único que nos hace falta es encontrarlos.
—Tú eres un verdadero imbécil que no conoces a los perros cubanos.