El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Seré todo lo imbécil que quiera, DÃaz, pero entretanto los animalitos han vuelto con las orejas gachas y sin presa.
Una carcajada estalló al oÃr aquella respuesta.
—¡Eres tres veces estúpido! —gritó DÃaz, furioso—. No sabes dónde tienes la mano derecha.
—¡Vaya! —exclamó Alonso—. Estamos delante del enemigo y armáis más ruido que nuestra jaurÃa. ¿Es asà como preparáis la emboscada? Os denunciaré al gobernador de Santo Domingo, que os desarmará a todos. Aquà el sargento soy yo.
—Ofrezcámosle aguardiente y no se volverá a acordar de sus galones —dijo otro soldado, con voz irónica.
—¡Si vuelves a levantar la voz, te mato, miserable!
Siguió profundo silencio, luego, el sargento dirigiéndose a los perros, añadió:
—¡Buscad, chiquitos! Esos pÃcaros no estarán muy lejos.
Los dogos, al oÃr la orden, lanzáronse en todas direcciones.
Avanzaron y retrocedieron, venteando ruidosamente, luego, se volvieron hacia la tropa, lanzando sordos aullidos.
—Nos olfatean —dijo Botafuego, acercando los labios al oÃdo del señor de Ventimiglia.