El hijo del Corsario Rojo

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—¿Lograrán descubrirnos? —preguntó el conde.

—Es algo difícil. Sin embargo, dispongámonos a derribar con una descarga la vanguardia de la cincuentena —respondió el bucanero—. Mi arcabuz está listo.

—Y también el mío.

—No hagáis, sin embargo, fuego hasta que yo avise.

Las pesquisas de los perros duraron más de un cuarto de hora; luego emprendieron de nuevo su carrera, siguiendo la pista primitiva. No encontrando otra más reciente, obstinábanse en marchar tras aquella dejada probablemente por algún negro cimarrón.

La vanguardia de la cincuentena, después de breve discusión, adoptó el partido de seguir a la jauría, y desapareció al punto de la espesura.

—Al fin podemos respirar libremente —dijo el gascón—. Ya creía sentir en las pantorrillas los dientes de esos chuchos.

—Poco habrían tenido que roer, amigo —dijo irónicamente Mendoza—. Y acaso por esto no se hayan detenido, para correr en busca de pantorrillas más llenas.

A pesar de la gravedad de la situación, todos, incluso Botafuego, soltaron la carcajada.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el conde—. ¿Descendemos?


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