El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Constituiría grave imprudencia —contestó el bucanero—. Los canes pueden volver y dar con nuestras huellas. ¿Tenéis prisa por llegar a San José?

—Ninguna; mi fragata no abandonará las inmediaciones del cabo Tiburón si no me presento, y mi lugarteniente es sobrado astuto para dejarse sorprender por los galeones españoles.

—Entonces os aconsejo que pasemos la noche aquí.

—Así nos convertiremos en pájaros —dijo Mendoza—. ¡Con tal que no vengan los cazadores!

—Repito que las cincuentenas no disponen de armas de fuego —afirmó Botafuego—. No hablemos de cazadores con alabardas. ¿Aceptáis, señor conde?

—Puesto que no se nos ocurre cosa mejor y la prudencia lo exige, pasemos la noche aquí —repuso el señor de Ventimiglia.

—¿Encontrarán a vuestro criado? La cabaña no está muy lejos.

—No se dejará sorprender, yo os lo aseguro. Tiene buenos perros que le avisarán de la proximidad de la cincuentena. Por esta parte me hallo completamente tranquilo. ¡Ah! ¡Lo había imaginado! ¡Mal negocio hubiéramos hecho dejando este asilo! ¿Veis, señor conde?

—¿Qué?…


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