El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Las cincuentenas, ahora salen del bosque y avanzan en doble fila. Los españoles os conceptúan personas peligrosísimas, porque os dispensan el honor de enviar dos columnas tras de vosotros.

—Podían haberse ahorrado tal honor —murmuró Mendoza—. Yo, maldito si lo deseaba.

El conde se incorporó en la rama que le sostenía y miró atentamente en la dirección indicada por el bucanero.

El árbol que les servía de asilo encontrábase a pocos metros de los linderos del bosque, y siendo la noche bastante clara, los filibusteros podían descubrir perfectamente a las personas que avanzasen por la próxima llanura.

Sin gran dificultad, el conde, que ocupaba una rama muy alta, vio a las dos cincuentenas avanzar cautelosamente por medio de las altas hierbas, con las alabardas en ristre y precedidas de media docena de perros.

—¿Nos pondrán sitio? —preguntó al bucanero.

—Aún no nos han descubierto —repuso Botafuego.

—¿Lograremos también ahora evitar el riesgo que nos amenaza?

El bucanero no contestó. Seguía con la vista a la maniobra un tanto complicada de las dos columnas.

De repente dejó escapar una sorda blasfemia.


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