El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Nos rodean y exploran la espesura —dijo, haciendo un movimiento de cólera—. Escapemos antes de que lleguen los perros o nos cogerán.

Iban a dejarse caer de las ramas, cuando a breve distancia oyeron furiosos ladridos; momentos después los dogos, que poco antes se habían alejado, agrupáronse en torno del árbol, dando saltos inverosímiles.

—¡Ah, malditos! —gritó Botafuego—. Han conseguido descubrirnos. Vaya, preparaos a vender cara la vida y, sobre todo, asegurad bien la puntería antes de gastar una carga de pólvora.

La vanguardia corría, azuzando con gritos a la feroz traílla, en la creencia de que aquellos que buscaban permanecían ocultos en la espesura y no entre las ramas del árbol gigantesco.

—Que uno solo de vosotros se ocupe de los cinco que siguen a los perros —dijo el bucanero—. Los demás, que hagan fuego conmigo sobre las cincuentenas.

—Yo me encargo de lo primero —interrumpió Barrejo—. Antes de un minuto los cinco soldados rodarán por tierra.

—¡Hum! —murmuró Mendoza—. ¡Cuánta gasconada!

Las dos cincuentenas, al oír los ladridos de los perros, reuniéronse, temerosos de un ataque imprevisto; luego volvieron a dividirse, acercándose con precaución a la espesura, resueltas a sitiarla.


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