El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Un arcabuzazo fue la señal de la ruptura de las hostilidades. El gascón había descargado su arcabuz sobre la vanguardia, que cometió la imprudencia de avanzar a la descubierta, y la bala no se perdió.
Los supervivientes desaparecieron en el acto, convencidos de la imposibilidad de luchar con alabardas y espadas, buenas solamente para un combate cuerpo a cuerpo.
—Muy bien —dijo el bucanero, viendo a un soldado en tierra—. Ya nos hemos librado de la vanguardia, que de seguro no intentará otro golpe. Ocupémonos de las cincuentenas y no les dejemos tiempo para que se acerquen.
—¿Y los perros? —preguntó Mendoza.
—Que ladren lo que quieran; después pensaremos en deshacernos de ellos.
Montó a horcajadas en la rama, apoyando el cuerpo en el tronco del árbol, y disparó.
Un gritó le advirtió que la bala, como siempre, había llegado a su destino.
El corsario y Mendoza hicieron también fuego.
Las cincuentenas detuviéronse al punto en su movimiento envolvente y se arrojaron en medio de las altas hierbas, procurando hacerse invisibles.
—¿Qué intentarán ahora? —preguntóse con inquietud el señor de Ventimiglia.