El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Se proponen sitiarnos —contestó el bucanero, que aparecÃa completamente tranquilo—. ¡Bah! Mientras tengamos pólvora y balas, continuaremos siendo dueños de la situación. ¡MagnÃfica idea han tenido los gobernadores al sustituir los arcabuces por alabardas! Nos hacen maravillosamente el juego. ¿Estamos listos?
—Apuntad principalmente a los lugares donde se agita la hierba. Si nuestros disparos son certeros, las alabardas desaparecerán sin atreverse a atacarnos.
Los tres hombres reanudaron el fuego, mientras el gascón no sabiendo qué hacer, la emprendÃa con los perros, descargando sobre ellos una tempestad de ramas secas, por no atreverse a consumir las municiones, preciosas en aquellos momentos.
¡Y cómo trabajaba el intrépido soldado! Seguro de no correr el riesgo de que le derribase un arcabuzazo de las cincuentenas, cogÃa brazadas de leña y las descargaba sobre los animales, que aullaban de dolor.
Botafuego, el conde y Mendoza, seguÃan disparando con grandes intervalos, manteniendo a raya a los perseguidores.
De vez en cuando resonaba un grito entre la hierba, anunciando que un hombre caÃa herido. El bucanero, sobre todo, hacÃa disparos maravillosos.