El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Antes de oprimir el gatillo cambiaba más de diez veces de posición, bajando y subiendo el pesado arcabuz, y cuando al fin tiraba, la detonación iba casi siempre seguida de un lamento o de una blasfemia.

Si no mataba, hería seguramente.

—¡Qué hombres! —murmuraba Mendoza, que contemplaba aturdido aquellos disparos—. Elogian a los filibusteros, pero estos bucaneros son incomparables. Ahora comprendo cómo han logrado saquear a Veracruz y a Panamá, bajo la dirección de ese diablo de Morgan.

Por su parte, los españoles, dignos descendientes de aquellos formidables conquistadores que con un puñado de hombres derribaron los dos imperios más poderosos de América, el de México y el del Perú, aunque desprovistos de armas de fuego, manteníanse animosamente en su puesto, afrontando con audacia las balas de los enemigos, seguros acaso de poder acabar con aquel pequeño grupo de adversarios.

Arrastrándose sin cesar entre la hierba, animosos de encontrarse cara a cara con los sitiados o de llegar hasta el árbol.

Semejante tenacidad parecía desconcertar a Botafuego.

—Sin duda tienen algún proyecto —dijo el bucanero al conde.

—¿Cuál será? —preguntó el señor de Ventimiglia.


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