El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No puedo adivinarlo; sin embargo, no estoy tranquilo.
—¿Contarán con los perros?
Botafuego movió la cabeza.
—Tal vez más tarde —dijo luego—. ¿Veis ahora a los españoles?
—Yo no.
—¿Y vos, Mendoza?
—No veo sino la hierba que continúa moviéndose —respondió el marinero.
—Y yo, que tengo los ojos de un verdadero gascón, veo algo —dijo Barrejo, que habÃa subido más alto, con la esperanza de hacer un buen blanco en la vanguardia.
—Hablad.
—Están preparando haces.
—¿De leña?
—Y probablemente bien secas —repuso el gascón.
—Si logran llegar hasta aquÃ, nos quemarán vivos, o por lo menos nos tostarán un poco —dijo Botafuego—. Maniobra vieja que no siempre produce resultados satisfactorios. ¿Están listas las espadas?
—Y que cortan como navajas de afeitar —contestó Mendoza—. No querrÃa probarlas en mi cuello, os lo aseguro.