El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Qué pensáis hacer con las espadas? —preguntó el señor de Ventimiglia—. ¿Cortar las alabardas? SerÃa mal negocio.
—No, para emplearlas contra esos malditos perros —respondió el bucanero.
—Si es por eso, no nos inquietéis; yo me encargo de ello —dijo el gascón.
—¡Siempre tan fanfarrón! —murmuró Mendoza—. Estos hombres son incorregibles.
—Continuad el fuego —dijo el bucanero—. Se me figura que la vanguardia quiere pincharnos las piernas con las alabardas.
—A las mÃas no alcanzarán —replicó el gascón—. NecesitarÃan una escalera. Ahora voy a derribar a un enemigo cada segundo.
Los cuatro hombres reanudaron el fuego con creciente rabia. El bucanero, que calculaba bien sus disparos, hacÃa blancos maravillosos; sin embargo, los españoles no dejaban de ganar terreno a pesar de las enormes pérdidas que sufrÃan. Algunos caÃan muertos o heridos, pero los demás se acercaban al árbol con asombrosa obstinación, arrastrándose entre la hierba.
¿Qué se proponÃan? Si hubieran tenido arcabuces seguramente se habrÃan desembarazado, con pocas descargas, de aquel pequeño grupo de enemigos.
Probablemente meditaban un asalto desesperado con arma blanca.