El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Botafuego enfurecíase, blasfemando y disparando sin tregua.

En vano silbaban las balas entre la hierba.

Las dos cincuentenas, resueltas a poner fin al combate que tantas pérdidas les costaba, avanzaron sin cesar.

—Y bien, Botafuego, ¿qué pensáis? —preguntó el señor de Ventimiglia.

—¿Qué queréis que os diga, señor conde? —respondió el bucanero—. Estoy maravillado. En mi vida he visto hombres tan valientes. Esas dos cincuentenas me llenan de asombro. En el puesto de ellos, yo habría ya escapado.

—¡Con tal que no nos causen asombro a nosotros también!… —refunfuñó Mendoza.

—Mucho me lo temo —respondió el bucanero—. Semejante obstinación me da mucho que pensar.

—¿Qué teméis Botafuego? —preguntó el señor de Ventimiglia.

—No lo sé, pero no estoy tranquilo.

—¡Por cien mil tiburones! —exclamó Barrejo—. Parece que el asunto comienza a embrollarse.

—Vos que sois gascón debierais desembrollarlo en seguida —dijo Mendoza.

—Están los perros debajo de nosotros.

—Para los gascones valen menos que los lobos.


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