El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Callad y haced fuego —ordenó el bucanero—. Charlando no se ganan las batallas.
—¡Bah! ¡Llama a esto una batalla! —murmuró Mendoza—. Yo lo llamarÃa una mÃsera escaramuza.
Cuatro arcabuzazos retumbaron uno tras otro, haciendo huir a media docena de españoles; los demás, sin embargo, amparados por la hierba, llegaron audazmente hasta la selva.
—¡Mil truenos! —exclamó Botafuego arrojando al suelo el sombrero—. Ahora no se detendrán.
—¿Los españoles? —preguntó el conde.
—Si se internan en la espesura, no hay ojo que pueda descubrirlos ni bala que les alcance. ¿Qué propósitos abrigarán? ¿Quemarnos?
Volvióse hacia el gascón, que habÃa descendido a una de las ramas más bajas.
—Amigo mÃo —le dijo—, tomaos ahora la molestia de destruir a la jaurÃa que aúlla bajo nuestros pies. Aún os quedarán sesenta tiros.
—Creo disponer de más —respondió el gascón, que conservaba su admirable sangre frÃa.
—Ya que la vanguardia no os da qué hacer, matad a esos malditos perros.
—PreferirÃa hombres —contestó Barrejo.
—Estos son menos peligrosos. Os confÃo un encargo más difÃcil.
—Un puesto de honor —observó Mendoza riendo.