El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Sea —dijo el gascón—. Si esos perros son tan temibles como los hombres, voy a hacer de ellos una tortilla gigante.
Montó el arcabuz, que ya tenÃa cargado, y con un disparo certero mató al dogo más grande, atravesándole la cabeza con una de aquellas balas de a onza que usaban los bucaneros para la caza mayor.
—¡Uno! —exclamó—. Ese no me comerá las pantorrillas.
Mientras el gascón se las entendÃa con los dogos que ladraban con toda su fuerza en torno del árbol, impacientes por clavar en los fugitivos sus formidables colmillos, Botafuego, el conde y Mendoza no cesaban de disparar a bulto sobre las cincuentenas que habÃan desaparecido en el bosque. Los heroicos soldados de la vieja España, sin aterrarse por los continuos arcabuzazos que ponÃan a dura prueba su valor, no cejaban, resueltos a llegar hasta el enorme algodonero y a luchar cuerpo a cuerpo, seguros de la victoria.
Pero tenÃan que habérselas con hombres resueltos a vender cara la piel.
En tanto que Barrejo seguÃa fusilando a los canes, Botafuego mantenÃa una breve conversación con el conde, interrumpida frecuentemente por los arcabuzazos de Mendoza.
—Es necesario escapar de aquà y buscar refugio en los pantanos —decÃa el bucanero.