El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Podremos romper el cinturón de acero que nos rodea? —preguntó el señor de Ventimiglia.
—Con una descarga repentina abriremos una brecha suficiente para pasar.
—¿Y luego?
—Nos refugiamos en los pantanos.
—Me han asegurado que hay en ellos bancos de arenas movedizas.
—Los conozco.
—¿Y los perros?
—Vuestro compañero está fusilándolos con rara maestrÃa. Aguardemos algunos minutos y no quedará un dogo bajo nuestros pies. ¡Ah! ¡Eso es lo que temÃa!…
A breve distancia del árbol veÃase un resplandor siniestro; luego un haz de leña encendida cayó junto al tronco del algodonero, haciendo huir a los cinco o seis perros que habÃan escapado a las balas del gascón.
En seguida elevóse una columna de humo denso, sofocante, que produjo a los sitiados tos violentÃsima y les arrancó lágrimas.
—¡Leña de pimentero! —gritó Botafuego—. A tierra, compañeros, o no podremos resistir más tiempo. Dejemos los arcabuces y preparémonos a manejar las espadas. ¡Otro!